-11-
Me desperté en una cama
conocida, mullida, confortable, tenía que ir al servicio, me levanté
sigilosamente, al entrar al baño, mirarme en el espejo y ver mi
cuerpo desnudo recordé la noche anterior,
Oigo el disparo y veo a
Justin y a Coralie en el suelo, no se cual de los dos está herido,
yo no he disparado, pero todos se han echado al suelo al oír la
ráfaga de disparos, todos menos yo. Estoy allí plantada delante de
todos, inmóvil. “¿Qué demonios ha pasado?” Camino hacia
Justin, veo que se mueve, entonces levanta un poco la cabeza y me
mira como si fuera un espejismo, se incorpora rápidamente y me lleva
a sus brazos y me dejo hacer, suelto todo el aire que tenía
contenido, había aguantado la respiración, pero el estaba bien.
Coralie está bañada en su propia sangre, todos piensan que he sido
yo la que ha soltado la ráfaga de disparos, lo se porque todos
aplauden y gritan mi nombre entre silbidos y aullidos de victoria.
Justin se separa de mi y me vuelve a mirar sin creer lo que ve. Llevo
tres meses desaparecida, me daban por muerta.
No se como lo hicimos
pero acabamos en su cuarto, la puerta es cerrada por su pie y me besa
apasionadamente,sus labios me poseen, me follan.
Volví a la realidad, hice mis necesidades rápidamente y me
refresqué, cuando fui a abrir la puerta me miré en el espejo de
cuerpo entero que había en ella, me coloqué de perfil y pasé mi
mano por mi vientre, ya no estaba tan plano, empezaba a abultar,
tenía que hacer algo y ya sabía lo que. Suspiré profundamente,
“puedo hacerlo”, me lo repetí treinta veces antes de salir del
baño en albornoz.
“Peyton...” Era la voz de Justin, me estaba recriminando mi intento de escapar a mi cuarto. Lo miré a los ojos. “No
huyas de mi.”
“No huyo.” Me di la vuelta y lo miré a los ojos, me necesitaba, lo sabía porque era la misma mirada que yo tenía en el baño cuando me repetía que podía irme, alejarme de él.
Con paso decidido fui hacia la cama y ante sus atentos ojos dejé
caer el albornoz, me miraba con cautela, me puse de rodillas sobre el
colchón, deslicé mi cuerpo por debajo de las sabanas hasta que noté
el cuerpo caliente de Justin, bajé la mano en busca de su miembro,
estaba duro, listo para mi, comencé a masajearlo, con cuidado, hasta
me atreví a pensar que lo hacía con amor. Lo rodeé con toda la
mano, jugando, echó la cabeza hacia atrás y sus labios formaron una
'O' , sin previo avisó me coloqué a horcajadas sobre él, como si
estuviéramos conectados él se sentó para que estuviéramos más o
menos a la misma altura, sus ojos mieles se clavaron en los míos,
puse mis manos en sus hombros para apoyarme mientras me elevaba un
poco para introducirlo dentro de mi. No apartamos la mirada en ningún
momento mientras nuestras bocas se abrían dejando escapar un leve
gemido. Sus manos se posaron en mi cintura para ayudarme a encontrar
aquel ritmo que nos hiciera llegar al éxtasis. En un movimiento
desesperado Justin me colocó debajo suya, su mirada salvaje me
penetró, se hundió en mi hasta que noté la base de su pene, hasta
que la piel de su vientre chocaba contra mi inflamado clítoris.
“Peyton no cambies.” Sus palabras se quedaron grabadas en mi, a
fuego.
Comenzó a bombear, lentamente. Nos estaba llevando al límite. Se
inclinó hacía abajo posando sus labios en mi oído para susurrarme
“Peyton dámelo, dame tu orgasmo, déjame beber tus gemidos.” Dio
una embestida y como si sus palabras fueran su pulgar masajeando mi
clítoris me corrí mientras me besaba tomando mis gemidos y gritos
de placer llevándolo conmigo al límite.
Salió lentamente para no hacerme daño y se tumbó en medio de la
larga cama. En cuanto me recompuse recogí el albornoz.
“¿Qué haces?” Estaba realmente confundido.
“Solo hago lo mejor para mi.” Puse mi cara de mafiosa. ¿Cómo le iba a explicar que necesitaba poner a mi hijo a salvo? No podía. “En
media hora te quiero en lo que ahora es mi despacho no el tuyo.”
Y salí, sin más. La mafia era mía. Era The Madame.
Mathia me interceptó en el pasillo. No se porque pero tenía ganas
de llorar y al verlo lo hice, lloré. Fui vagamente conscientes de
como me condujo a mi cuarto.
“Ey Peyton, relájate, no pueden verte así, ahora eres la jefaza.” Con las solapas del albornoz me limpió la cara, quitando las lágrimas que corrían por mis mejillas y boca.
“Lo siento, yo, no tengo ni idea de como hacerlo, es todo tan
difícil...” Sorbí por la nariz y como una niña pequeña me froté la nariz con la manga para retirar los mocos.
“Tu puedes, todos confiamos en ti.” Sus ojos me miraban impasibles, lo decía enserio.
“Mathia tienes que traerme a Dakota, no puedo contarte porque.”
La medio hora pasó muy rápido y me encontraba en el despacho de
Justin, mejor dicho en el que era ahora mi despacho, sentada en la
gran silla, pronunciando mi discurso.
“Voy a llevar todos los asuntos desde algún lugar cuyo paradero
no desvelaré y solo vendré en momentos decisivos. Concertaremos
reuniones con por lo menos dos semanas de antelación y desde hoy
hasta dentro 10 meses no se me molestará, da igual lo que pase.”
Miré a Justin con dureza.” Justin, tu te encargarás de todo y me
mantendrás informada, no intentes ocultarme nada porque te tendré
vigilado.” Mi mirada era fría. ¿Querría haberme lanzado a sus
brazos? Claro, pero no podía, era demasiado tarde, la había cagado
y tenía que arreglarlo.
Me levanté de la silla y sobre mis tacones me dispuse a subir a mi
cuarto. No me molesté en hacer la maleta, me puse mis Doc Marten
,cogí un bolso y metí pocos de los objetos personales que me
quedaban: mi ipod, un pequeño álbum de fotos y mi libro preferido.
Solo quedaba una cosa.
La llave.
Corrí escaleras abajo.
“Justin.” Lo llamé al ver que salía del salón. Y puse delante
de sus ojos la llave. “Creo que es hora de que me digas para que
sirve.”
Media hora después nos encontrábamos en un banco.
“¿Abre una caja de seguridad?” Estaba tan confundida
“No, algo mejor.” Una sonrisa amarga apareció en su rostro. ¿Cómo podía ser tan guapo hasta estando amargado?
Entró como Pedro por su casa y puso rumbo a las cámaras acorazadas,
nadie le decía, simplemente lo dejaban entrar. Un agente de
seguridad trajeado nós dejó pasar por una puerta de roble macizo
que no encajaba para nada con el diseño de un banco si no más con
el diseño de la casa...
Muy
aguda Peyton. Mi vocecita me
reprochó en forma de burla no haberme dado cuenta de nada hasta
aquel momento.
La puerta daba a un pasillo. Al final encontramos una puerta
acorazada.
“Mete aquí la llave.” Me indicó una ranura.
Con cautela me acerqué y lo hice. Un ruido mecánico comenzó en el
momento en que giré la llave, Justin tiró de la puerta y solo pude
intentar disimular mi asombro.
“¿Tanto revuelo por unos jodidos papeles?”
“No son simples papeles, es información, secretos, favores por
cobrar, números de cuentas bancarias. Aquí es a donde debes
recurrir si necesitas algún favor. Aquí encontrarás algo de la
persona adecuada para conseguir lo que quieres.”
“Perfecto. Echaré un vistazo y nos iremos.”
Abrí la primera carpeta. Era yo.
Dakota estaba sentada en el asiento de la ventanilla. Lucía serena, pero su entrecejo ligeramente fruncido me hacía saber que por su cabeza pasaban mil cosas.
“Cuando lleguemos me lo contarás todo ¿verdad?” Llevábamos una
hora de viaje y no había dicho nada.
“Si en cuanto tomemos tierra te lo contaré todo.” La miré a los
ojos al decir aquello. “Gracias.”
Estaba realmente agradecida, ella había venido simplemente porque
Mathia le dijo que yo necesitaba su ayuda, lo único que había
sabido de mi en todo aquel tiempo era que tenía un nuevo trabajo que
era peligroso.
Tomé su mano entre las mías a modo de disculpa y ella me devolvió
el apretón.
Llevaba tres meses en la isla, un pequeño paraíso en las Bahamas,
Dakota estaba tirada a mi lado.
“Dicen que el sol es bueno para las embarazadas.” Tomó un sorbo de su mojito tras decir eso.
“Mmmm, no se al pequeño parece no gustarle no para de moverse.” Acaricié mi vientre con la mano. Era tan primitiva esa sensación. Ese miedo.
“Peyton ¿enserio no sabes de quién es?” Mi amiga estaba
preocupada ella quería que tuviera al niño con el padre, pero no
era por eso por lo que había huido, no quería que la gente de la
que me rodeaba supiera de mi hijo.
“Cuando si tiene los ojos azules y nace pelirrojo ya se de quien
es, si por el contrario nace rubio oscuro y ojos miel...” Mi amiga
me cortó sabía que me estaba burlando de ella.
“Para, las dos sabemos que no es tan simple, ¿lo has pensado?”
“Si Dakota, tengo pensado esperar y con la edad ya se verá viendo
a quien se parece.” Mi amiga me miraba de mala gana. “Prometo
pensar lo de hacer una prueba de ADN.”
Y así de simple zanjé el tema por el momento, sabía que Dakota me
lo volvería a sacar.
“¿Tienes miedo?” La miré levantando una ceja. “Me refiero al
parto y todo eso.”
“A lo que más tengo miedo es a que descubran su existencia y le
intenten hacer daño para hacérmelo a mi.” Me miró mal, ella
siempre odiaba que respondiera con evasivas. “Si, tengo miedo,
¿contenta?”
“Mucho.” Ella estaba realmente preocupada tenía miedo. “Yo
estaré a tu lado, no lo dudes.”
“Lo se..” La miré a los ojos cogiendo sus manos. “Gracias.”
“¡Dakota haz que me lo saquen!” Mi amiga estaba sujetando mi
mano. Yo estaba tan cansada.
“Peyton, la cabeza ya casi está, dos empujones más y ves a tu
bebé.” No se quien dijo eso supongo que una enfermera, yo estaba tan cansada, solo quería dormir cinco minutos echar una cabezadita.
Dos empujones después mi pequeño Eric se encontraba entre mis
brazos durmiendo.
Yo ya supe entonces de quien era hijo.
Estaba entrando por la puerta de la casa, su olor me hizo sentir en
casa, hacía un año que no entraba en ella y casi tres desde que no
paso más de unas horas en ella.
No me había adentrado cuatro pasos cuando mi pequeño entró
corriendo y chillando de pura alegría. Se puso justo delante mío
para llamar la atención.
“¿Mami esta es nuestra nueva casa?”
“Si cariño.” Cogí su pequeña manita al ponerme a su altura, ya
era todo un hombrecito, así vestido con su sudadera y unas pequeñas
Vans que Mathia le había regalado hacía apenas unas horas.
Lo llevé hasta mi cuarto, ahora se comunicaba con el de al lado que
no pertenecía a nadie. Entramos en el cuarto.
“Este es tu cuarto Eric.” Mi niño soltó mi mano y se subió a
la cama rápidamente, empezó a saltar.
“¿Luego vamos a ir a comprar juguetes?” Era tan pequeño, tan
dulce, su sonrisa era idéntica a la de su padre y esos ojos puros,
no como los de su progenitor, no, estos no estaban corrompidos. Pero
yo no podía tener a Dakota allí retenida, no estaba bien.
“Si cariño.”
“Voy a explorar mami.” Bajó de un salto de la cama.
“Vale, si te pierdes pregunta a algún señor que te lleve al
despacho de la Madame.”
“Si mamá.” Lo miré levantando una ceja divertida. “Preguntar
por el despacho de la Madame.” Le sonreí y salió corriendo de su
habitación pasando por la mía y luego desapareció de mi vista.
Dakota entró por la puerta, traía una pequeña bolsa consigo.
“¿Que les vas a decir?” Nadie sabía que volvía con un crio
molesto.
“Pues la verdad.”
“Justin sospechará.”
“Que sospeche, de mi boca no va a sacar nada en claro.”
Elegí la ropa de mi armario, era ropa nueva.
Justin.
Cogí un conjunto de traje negro, consistía en un pantalón de traje
con su chaqueta, decidí meterle una camisa granate con unos tacones
de infarto a juego.
En el bañó me di una rápida ducha, me aseé e hice mis
necesidades. Usé un maquillaje negro para mis ojos. Me vestí con
cuidado de no arrugar el traje.
“Guau...” Exclamó Dakota. “ Ya entiendo porque te tienen
miedo.”
“Bueno allá voy.”
Bajé las escaleras, mis tacones resonaban con cada paso que daba.
Entré al despacho. Justin se encontraba en el sillón enfrente de mi
escritorio. Al girarse sus ojos me mostraron la dureza.
Se levantó en muestra de respeto. Cuando estuve detrás del
escritorio le hice una señal para que tomara asiento.
Después de una hora poniendome al día un torbellino entró en el
despacho. Vi a mi pequeño abrir la puerta. Y vi los ojos de Justin
al fijarse en el pequeño.
“¡Mami tengo hambre.!” Me levanté rápidamente y fui a donde mi
hijo. Le estendí la mano que el gustosamente cogió.
“Te llevo a la cocina.” Saqué a mi hijo de allí, no quería
exponerlo tanto tiempo a la mirada de Justin.
Fue entrando en la cocina cuando Eric soltó su mano de la mía.
“Mami, dile que me suelte.” Justin lo tenía agarrado por sus
bracitos.
“Justin suéltalo.” Hablé alto y claro, con autoridad, no quería
que notara mi angustia.
“Mami me hace daño.” Mi bebé estaba asustado y estaba empezando
a derramar lágrimas. Entonces mi niño clavó sus llorosos ojitos
mieles en los de Justin. “Mi mamí ha dicho que me sueltes.”
Justin por fin reaccionó y yo recibí a Eric en mis brazos.
“Justin espérame aquí.” Y giré sobre mis talones para llevar a
Eric a la cocina, mi pequeño necesitaba una dosis de chocolate.
“¿Puedes prepararle un chocolate?” El mayordomo asintió y
sonriendo cogió a Eric de la mano, este me miraba dudoso, pero le
sonreí y no dudó un momento en irse con aquel hombre. Confiaba en
su mamá.
“A mi despacho.” Dije al pasar al lado de Justin. Me siguió a
paso lento, con los ojos confundidos.
Ya en mi despacho desaté mi furia.
“¿Cómo te atreves a ponerle una mano encima a mi hijo?” Y sin
más miramientos le solté un puñetazo en el estómago. No era la
típica muchacha que te suelta un bofetón. “No te acerques a él.” Lo apunté con mi afilado dedo a la cara.
Justin se recompuso del golpe, no le había hecho demasiado daño, él
estaba en forma.
“Por eso te fuiste ¿verdad?” Intentó mirarme a los ojos pero
esquivé su mirada. “Querías mantenerlo lejos de todo esto
mientras fuera demasiado pequeño.”
“Si.” Lo miré a los ojos. “Para mentenerlo lejos de la gente
como tú, que lo asustan, que le hacen daño.”
“Perdón.” Comenzó a moverse nervioso por el despacho. Pasó sus manos por su pelo, tirando de el hacía
atrás. “¿Es mío?” En su cara se veía la desesperación.
“Es mío.” Respondí tajante mientras lo miraba de forma agresiva, no podía permitir que lo expusiera de esa manera.
“No me jodas Peyton, es idéntico a mi cuando tenía tres años.” Casi me gritó al decir eso apoyando las manos encima de mi escritorio justo delante de mi.
“No tiene tres años.” Justin levantó la ceja. “Tiene dos y 10
meses.”
“Se de sobra cuanto tiene.” Otra vez aquella sonrisa amarga, era demasiado sexi. Desprendía sexo.
“No lo sabes.” Mis ojos estaban clavados en los suyos.
El me miró sonriendo. “Si porque fue concebido el día en que
desapareciste.”
“Justin, ese día no fuiste mi única conquista.” Lo dije bajando la mirada, mientras me agarraba el tabique de la nariz, un agudo dolor de cabeza aparecía sin remedio.
Supe que sabía de quien hablaba. Su cara de espanto pronto cambió. Sus ojos me mostraron algo que
nunca había visto en ellos. Intenté verlo pero cuando lo supe ya era demasiado tarde. Las palabras ya había salido de su boca.
“Drew está muerto.”
Pena, eso es lo que mostraban sus ojos.
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